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El peso de una vida

11 oct
3 min de lectura

Hay algo profundamente humano en nuestra necesidad de imaginar qué sucede después de la muerte. 


Porque nos resulta imposible aceptar que todo aquello que hemos sido, todo lo que hemos amado, aprendido y construido, pueda desaparecer sin más.


Últimamente la muerte ha estado más presente en mi vida. La he sentido cerca en circunstancias muy diferentes, en una existencia interrumpida demasiado pronto y en otra que había recorrido más de nueve décadas.


Y resulta difícil no preguntarse qué significa realmente haber vivido.


Dos maneras muy diferentes de llegar al mismo lugar, dos historias imposibles de comparar y una misma pregunta sobre el valor del tiempo que tenemos.


La muerte tiene esa capacidad de recordarnos que, por mucho que intentemos ordenar nuestra vida, siempre existe una parte que escapa a nuestro control.


Y  por eso he vuelto la mirada hacia uno de los relatos que más me interesan de la mitología egipcia.


Según esta tradición, cuando una persona moría, su corazón era pesado en una balanza frente a la pluma de Maat, símbolo de la verdad y la justicia. Anubis custodiaba ese momento en el que una existencia entera parecía concentrarse en el equilibrio de dos pequeños objetos.


No era la riqueza, el poder o los logros materiales lo que determinaba el destino del difunto, sino el peso simbólico de su existencia.


Siempre me ha parecido fascinante esta manera de representar algo tan complejo como una vida humana mediante un gesto tan sencillo.


En esta pintura he querido trasladar ese instante a un espacio que no pertenece del todo a ningún lugar. Una mujer parece deshacerse lentamente, como si su cuerpo hubiera comenzado a perder los límites que lo mantienen unido. 


A su lado permanece Anubis. 


Una balanza espera y una puerta permanece abierta a la imaginación.


No he querido representar la muerte como un castigo, ni como una promesa de salvación.

Me interesa más como ese límite que nos obliga a mirar la vida desde otra perspectiva.


No creo que una vida pueda juzgarse dividiéndola simplemente entre aciertos y errores. 

Somos demasiado complejos para eso. 


Por eso, en mi interpretación, la balanza no busca tanto determinar quién merece cruzar la puerta como plantear una pregunta a quienes todavía estamos de este lado.


¿Qué peso tienen nuestras decisiones? 


¿Cuánto espacio dejamos para aquello que realmente amamos? 


¿Hasta qué punto estamos viviendo una vida que reconocemos como nuestra?


Me gusta pensar que el equilibrio no consiste en haber sido perfectos, sino en haber intentado vivir con cierta honestidad, aceptando nuestras contradicciones y dando valor a lo que hacemos.



Esta pintura no habla tanto del juicio que nos espera después de morir, como de la manera en que elegimos vivir antes de que ese momento llegue.


Me gusta pensar que el verdadero equilibrio no consiste en atravesar la existencia sin equivocarnos. Sino en haber sido capaces de amar, de crear, de entregarnos a aquello que nos conmueve. De reconocer la belleza incluso en medio de nuestra propia incertidumbre.


Porque la muerte, más allá del dolor que provoca en los que se quedan, también nos enfrenta a una verdad que solemos olvidar. 


Nada de esto nos pertenece para siempre. 


Ni las personas, ni los lugares, ni siquiera la identidad que creemos haber construido.


Y precisamente es ahí donde reside una parte de la extraordinaria belleza de la vida. En su fragilidad, en su carácter irrepetible y en la posibilidad de sentirlo todo sabiendo que nada permanecerá exactamente como lo conocemos.


Tal vez al final no importe tanto que nuestro corazón pese poco o mucho, sino haber tenido el valor de ponerlo verdaderamente en las cosas que hemos vivido.



 
 
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