Apolo después de la lucha

Recuperar la mirada en medio del ruido
En el mito griego, Pitón era una enorme serpiente vinculada al territorio de Delfos. Algunas versiones cuentan que custodiaba el antiguo oráculo. Apolo la mató con sus flechas y convirtió aquel lugar en su propio santuario, asociado desde entonces con la palabra profética y la búsqueda de claridad.
Pero la historia no termina con la victoria.
Algunas tradiciones cuentan que Apolo tuvo que purificarse después de derramar la sangre de Pitón. Incluso un dios debía asumir las consecuencias de su lucha antes de continuar su camino.
Apolo no muere ni resucita literalmente. Sin embargo, este proceso puede entenderse como una muerte simbólica. Para enfrentarse a la serpiente debe entrar en un territorio oscuro y desconocido. Después de atravesarlo, ya no puede regresar siendo el mismo.
Algo de su identidad anterior desaparece durante la lucha y otra forma comienza a construirse después de ella.
Esa continuidad es la que me interesa, porque nuestros monstruos contemporáneos tampoco desaparecen con facilidad. Simplemente cambian de forma.
Se muestran como ruido, comparación, prisa o necesidad constante de producir. Están en la acumulación de imágenes que consumimos, en la obligación de mostrarnos y en la dificultad para distinguir entre lo que deseamos y lo que otros esperan de nosotros.
La oscuridad no siempre aparece como una gran tragedia. A veces actúa de una manera más silenciosa. Nos dispersa, ocupa nuestra atención y consigue que olvidemos hacia dónde queríamos mirar.
Porque lo apolíneo no significa para mí perseguir la perfección ni imponer un control absoluto. Significa recuperar medida, atención y criterio. Encontrar una dirección propia dentro de un mundo que intenta dirigir constantemente nuestra mirada.
Por eso la figura del cuadro permanece quieta mientras todo a su alrededor parece cambiar. La materia se mueve, los colores se fragmentan y la oscuridad continúa ejerciendo presión sobre el espacio. Su resistencia no consiste en escapar, sino en sostener una presencia.
Este Apolo no está celebrando una victoria.
Ahí aparece la idea de resurrección que me interesa.
No se trata de volver a ser quien éramos antes de atravesar una crisis. Tampoco de borrar las heridas o negar las partes más oscuras de nuestra experiencia. Volver a mirar desde una identidad que ya ha sido transformada.
Apolo no renace porque haya destruido para siempre la oscuridad. Renace porque ha conseguido atravesarla y construir algo nuevo en el mismo territorio donde habitaba Pitón.
Todos llevamos algo de Apolo, pero también algo de la serpiente. Una parte busca claridad mientras otra permanece ligada al miedo, al deseo y a lo desconocido. No creo que una deba destruir completamente a la otra. La tensión entre ambas forma parte de nuestra identidad.
Por eso la claridad que me interesa no elimina el misterio. Solo abre un espacio desde el que caminar dentro de él sin perdernos por completo.

