Como volví a la pintura
Actualizado: hace 4 horas

En 2025 nació mi hijo y, con él, comenzó también una etapa nueva para mí. Fue entonces cuando decidí volver a pintar.
Durante años había seguido trabajando en ámbitos creativos como el diseño gráfico, la postproducción y los entornos digitales. Nunca dejé de construir imágenes, pero sí me había alejado de la materia. Del óleo, del pincel y de ese tiempo particular que solo existe delante de una pintura.
No volví con un plan cerrado. Necesitaba empezar desde un lugar sencillo, sin pensar demasiado y sin exigirme encontrar inmediatamente una dirección. El paisaje me ofreció ese espacio.
Me permitía seguir el color, la luz y la pincelada. Recuperar el contacto con la materia y dejar que la imagen apareciera poco a poco. Pintar sin tener que saber de antemano adónde iba.

Así nacieron los primeros Paisajes del Inconsciente.
No eran lugares reales. Eran paisajes inventados, construidos a partir de ruinas, templos, horizontes y recuerdos que parecían proceder de algún lugar difícil de nombrar. Espacios donde lo vivido y lo imaginado podían convivir.
El paisaje se convirtió en una forma de reencontrarme con ese territorio inconsciente que la pintura siempre había ocupado dentro de mí. Una manera de relajar el control, entrar en otros mundos y escuchar lo que aparecía mientras trabajaba.
Con el tiempo, algo empezó a cambiar.

Toda mi experiencia anterior en el diseño y en los entornos digitales comenzó a entrar en la pintura. Apareció en la composición, en los colores intensos, en la luminosidad de algunas imágenes y en ciertas fragmentaciones que recuerdan a una pantalla, a una interferencia o a un sistema que deja de funcionar como estaba previsto.
Aquello que durante años había considerado una etapa separada comenzó a encontrar su lugar dentro de mi lenguaje pictórico.

Ese descubrimiento me permitió avanzar hacia la pintura que realmente quería desarrollar.
Mi trabajo fue acercándose cada vez más a la figura humana y a la relación entre identidad y entorno. A una pintura situada entre la figuración y la abstracción gestual, donde el cuerpo puede confundirse con el fondo y la imagen parece construirse y deshacerse al mismo tiempo.
También apareció mi interés por el error. No entendido como algo que deba corregirse, sino como una posibilidad. Una grieta capaz de modificar el camino previsto y llevar la pintura hacia un lugar que todavía no conocía.
El paisaje dejó entonces de ser el centro de mi trabajo, pero nunca desapareció por completo. En cierto modo, entró dentro de la figura. El cuerpo comenzó a comportarse como un territorio y el fondo dejó de ser un simple escenario para participar en la construcción de la identidad.


Hoy veo estos paisajes como el testimonio de un regreso.
Fueron el lugar desde el que recuperé la materia, la libertad de la pincelada y el placer de pintar sin tener todas las respuestas. Algunas de estas obras encontraron un nuevo hogar. Otras todavía permanecen conmigo y son las que he reunido aquí.
No representan exactamente el lugar hacia el que se dirige ahora mi pintura, pero sí el lugar desde el que pude comenzar de nuevo.



